Gestión emocional

Aprendiendo sobre la gestión emocional

En la vida cotidiana, las emociones desempeñan un papel fundamental en nuestras decisiones, relaciones y bienestar general. A menudo, escuchamos hablar sobre la importancia de la “gestión emocional”, pero ¿qué significa realmente este concepto y cómo podemos aplicarlo para mejorar nuestra calidad de vida?

Qué es la Gestión Emocional

La gestión emocional no significa evitar sentir emociones ni intentar que las cosas no nos afecten. Gestionar nuestras emociones implica comprenderlas, reconocer qué las ha generado, analizar por qué se han desarrollado de cierta manera y tomar decisiones conscientes para resolver el malestar asociado. Es un proceso activo que requiere atención y reflexión.

Lejos de ser nuestras enemigas, las emociones desagradables son aliadas que nos ofrecen información valiosa sobre nosotros/as mismos y nuestro entorno. Para entenderlas y gestionarlas de manera efectiva, es esencial conocer su función y cómo influyen en nuestros pensamientos y acciones.

Qué son y cómo funcionan las emociones

Las emociones son respuestas naturales e innatas del ser humano. Surgen como reacción a estímulos externos, como una crítica, o internos, como pensamientos o inseguridades. Por ejemplo, una persona puede sentir miedo a ser despedida debido a una observación de su jefe (estímulo externo) o a la falta de confianza en sí misma (estímulo interno).

Algo muy importante es que las emociones son temporales; ninguna dura eternamente, todas tienen un inicio y un fin. Cuando enfrentamos una situación o pensamiento, nuestra respuesta emocional pasa por una curva o ciclo natural:

  1. Aumento de la intensidad: La emoción alcanza su punto más alto. En este momento, el cuerpo se activa gracias al sistema nervioso simpático, que nos prepara para actuar ante lo que percibimos como un desafío o amenaza.
  2. Descenso de la intensidad: La emoción disminuye de manera natural, permitiéndonos volver a nuestro estado de equilibrio o “nuestro centro”. Aquí entra en acción el sistema nervioso parasimpático, que ayuda a relajar el cuerpo y restaurar la calma.

Este ciclo está diseñado para ayudarnos a adaptarnos a los cambios y desafíos del entorno. Sin embargo, los problemas surgen cuando intentamos resolver conflictos o tomar decisiones mientras nos encontramos en el punto álgido de la emoción.

El peligro de actuar desde la intensidad emocional

Cuando estamos en el punto álgido de una emoción intensa, nuestras capacidades cognitivas se ven alteradas. La amígdala, una estructura subcortical encargada de gestionar las respuestas emocionales, toma el control de nuestros pensamientos y desplaza a la corteza prefrontal, un área cerebral fundamental que integra procesos cognitivos esenciales, como la toma de decisiones, la planificación, la flexibilidad y el control. de los impulsos.

Podríamos decir que la corteza prefrontal actúa como un «yo sabio», que piensa y actúa en función de la información objetiva adquirida a través de las diversas experiencias de la persona. En cambio, la amígdala, cuando se activa intensamente, representa un «yo superviviente», que actúa desde la urgencia y no desde la reflexión.

Cuando la emoción es intensa, la amígdala “le quita el volante” a la corteza prefrontal, tomando decisiones en función de lo que considera más urgente, aunque no siempre sea lo más adecuado. Desde esta intensidad emocional, perdemos la capacidad de reflexionar sobre nuestros pasos y actuamos impulsivamente, siguiendo los “volantazos” de la amígdala activada.

Por ejemplo, en una situación de miedo a ser despedido/a de nuestro trabajo, la activación de la amígdala puede hacernos focalizarnos exclusivamente en lo que percibimos como señales de amenaza, como una observación crítica de un jefe o una pequeña falta en el trabajo. Esta interpretación de la situación puede llevarnos a obsesionarnos con los posibles errores que hemos cometido, creando un torrente de pensamientos negativos sobre nuestra incapacidad o falta de valía profesional.

Lo que ocurre aquí es un ciclo vicioso: los pensamientos negativos sobre nuestra capacidad generan más miedo, y el miedo, a su vez, activa más pensamientos negativos, creando una espiral emocional que parece no tener fin. En este aspecto, los pensamientos funcionarían como la “gasolina” que aviva la emoción, manteniendo a la amígdala al mando e impidiendo que nuestro cortex prefrontal pueda volver a coger el volante de nuestras decisiones.

Escapar del «círculo vicioso» emocional

Algo que ayuda a escapar de los círculos viciosos es no creer todo lo que nos dice el pensamiento cuando estamos en un estado de alta intensidad emocional. Es importante escuchar esos pensamientos, pero no integrarlos como una verdad absoluta ni actuar precipitadamente para resolver la situación en ese momento. En lugar de tomar decisiones impulsivas, podemos aprender a detenernos, acompañar el pensamiento con curiosidad y no con juicio, y esperar a que la intensidad emocional disminuya.

Una vez la intensidad ha bajado y la corteza prefrontal vuelve a dirigir nuestros pensamientos, podremos reflexionar sobre lo sucedido, identificando la situación, las emociones y pensamientos que nos ha generado, y finalmente, tomar la decisión que realmente necesitamos tomar para abordar lo ocurrido.

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